viernes, 1 de julio de 2016

Bakunin: La libertad enseguida


Hace 140 años murió Mijail Bakunin, el verdadero fundador del socialismo libertario. Al menos la última década de su vida la consagró a combatir el socialismo autoritario, cuyo exponente más capaz y por tanto más nocivo fue Karl Marx con la impagable ayuda de su amigo Friedrich Engels. Como es sabido, el socialismo autoritario consiguió la hegemonía dentro del movimiento obrero en la mayor parte de los países del globo. Como es sabido también, el socialismo autoritario engendró todo tipo de monstruos ideológicos y, a fin de cuentas, colapsó lamentablemente. Llevaba en su seno la ponzoña de la autoridad, es decir, nadaba a favor de la corriente en la sociedad burguesa y esa corriente terminó arrastrándolo y tragándoselo.
Más que un teórico, Bakunin era un hombre de acción. Luchó en la Revolución de 1848-49 en las barricadas de Dresde. Desde mayo de 1849 hasta el verano de 1861 estuvo encerrado en varias prisiones y fue deportado a Siberia. Una trayectoria muy distinta de la de Marx, que no se parapetó tras una barricada en toda su vida; la única piedra que Marx arrojó, que se sepa, fue durante su exilio en Londres, contra una farola una noche de juerga con sus amigos algo beodo. Hay que decir en su honor que tuvo buena puntería y rompió los cristales de la farola. En cuanto a su historial carcelario, frente a los doce años de encierro de Bakunin, Marx no pisó más que alguna comisaría en Bruselas antes de ser expulsado del país.
El reformismo de Marx, su teoría de que el proletariado (bajo la dirección de su partido) debía tomar el poder en lugar de destruirlo, sustituía según Camus «el más allá por el más tarde». El más allá cristiano había sido desacreditado hacía tiempo, pero Marx y los socialistas autoritarios en general seguían creyendo que el ser humano era imperfecto según su modelo ideal. Había que gobernarlo, pues; debía ser guiado y perfeccionado por los que saben, por una élite de revolucionarios autoinvestidos de superioridad moral y de conocimientos técnicos antes de pensar siquiera en quitarle las cadenas. Eso será más tarde, siempre más tarde; todavía no estamos preparados. Bakunin exigía la destrucción inmediata del Estado y de toda autoridad, no quería la libertad para el más allá ni para más tarde, la quería enseguida. Porque la libertad para Bakunin no es sólo un objetivo, ni siquiera un método; por encima de todo es una característica que define al ser humano.
Marx era muy dado a aceptar el hecho consumado de la llamada realidad, alababa el capitalismo por su impulso del progreso técnico, y sólo trabajaba por su abolición en la medida en que preveía que el capital acabaría convirtiéndose en un obstáculo para ese progreso. Entre tanto, estaba dispuesto a aceptar el sacrificio de las masas oprimidas por la miseria si ello favorecía el desarrollo de los medios de producción. Bakunin no creía que de la esclavitud pudiera surgir nada más que esclavitud. Aceptó los análisis económicos de Marx, aceptó el papel clave que Marx asignaba a la economía en la lucha por la emancipación, pero de ahí sacó conclusiones opuestas. Los marxistas creían que su Estado transitorio iría desapareciendo gradualmente. Ningún Estado, replicaba Bakunin, tendería nunca a desaparecer: muy al contrario, tendería a perpetuarse sobre las masas con una u otra excusa, o sin necesidad de excusa alguna.
«Bakunin —dice Camus—fue el único en su tiempo en criticar el gobierno de los sabios con una profundidad excepcional». En palabras del propio Bakunin, «un cuerpo científico al que le ha sido confiado el gobierno de la sociedad pronto dejaría de dedicarse por entero a la ciencia y se ocuparía de su propia perpetuación por medio de la idiotización creciente de la sociedad confiada a su cargo». Proféticas palabras. La ciencia debe ser aliada de la innovación y de la emancipación, debe paliar el sufrimiento y la ignorancia y reforzar el conocimiento y, por tanto, la libertad individual. Claro que para ello es preciso abolir las diferencias de clase, el Estado y la autoridad. La ciencia debe ayudar a la investigación del interior del ser humano, no de su exterior, de su pasar, de su suerte. Debe liberar y no esclavizar, hacer a las personas cultas y no “informadas”. El actual auge de las nuevas tecnologías no está diseñado para liberar al ser humano sino para envilecerlo, convertirlo en objeto, revelar todos sus datos al Estado y el capital, que, por su parte, nos ocultan sus actos e intenciones. Es digno de notar cómo toda moral estatista nos cuenta lo indeseable que es la mentira mientras los Estados la utilizan constantemente, mientras mantienen en secreto aquello que pueda poner en peligro su permanencia; usan la diplomacia secreta, la policía secreta, los secretos de Estado: son la apoteosis de la mentira. Pero a través de las nuevas tecnologías se nos hurga hasta en los empastes para saber lo que hacemos, dónde estamos o dónde nos duele. ¿Para qué? ¿Para aliviar nuestro dolor? No: para mejor manipularnos, para mejor controlarnos y atomizarnos. El Estado nos miente a todas horas, es un altar mastodóntico de la mentira. Desconfía de nosotros, así que ¿por qué deberíamos confiar en él?
El anarquismo siempre ha dado importancia a la pluralidad de ideas, de escuelas de pensamiento, de iniciativas. Del anarquismo han surgido múltiples tendencias (mutualista, colectivista, comunista, sindicalista, individualista, etcétera) que han polemizado a veces con gran dureza entre sí, pero nunca se han dedicado a matarse unas a otras, a diferencia de las tendencias socialistas y comunistas autoritarias.
La primera gran prueba de fuego, no sólo en la lucha del proletariado contra el capital, sino en la lucha de los socialistas libertarios contra los socialistas autoritarios fue la Comuna de París de 1871. En el Consejo de la Comuna los anarquistas no eran mayoría, pero su nivel de entrega y la fuerza de sus ideas fue tal que el grueso de las decisiones económicas de la Comuna fue propuesto por los ácratas, y su planteamiento federalista y libertario se hizo hegemónico. Los grandes luchadores de la Comuna fueron partidarios de Bakunin: Lefrançais, Eliseo Reclus, Varlin, Louise Michel, Victorine Rouchy, etcétera.
Marx, en nombre del Consejo de la Internacional, tuvo que hacer suya provisionalmente, al menos durante aquel año de 1871, la obra y las lecciones de la Comuna. Contradecía así el programa reformista y de colaboración entre las clases de su Manifiesto Comunista de 1848 y la “dictadura del proletariado” por la que había abogado en 1852 en su Dieciocho Brumario. Su adscripción oportunista de 1871 a la federación de Comunas propugnada por los libertarios añadió otro ingrediente, provisional por demasiado picante, a esa ensalada ideológica que dio en llamarse marxismo —como dijo Max Nettlau—: una superdoctrina de tres caras, que fiaba el advenimiento del socialismo al golpe de fuerza, a la participación electoral o a la desaparición del capitalismo por su propio devenir.
Es notable que en la correspondencia privada entre Marx y Engels se mostraran entusiasmados por el triunfo de Prusia sobre Francia frente a la postura antibelicista de la Internacional. Confiaban en que esa victoria militar traería la de su partido socialdemócrata contra los proudhonianos franceses. Marx siempre fue un patriota alemán. Tampoco Bakunin estuvo exento de veleidades nacionales, es cierto, pero nunca llegó tan lejos como los socialistas estatistas. Siempre abogó por la destrucción del Imperio ruso, mientras que Marx celebró la construcción del Imperio alemán.
Los marxistas terminaron por expulsar a Bakunin de la Internacional en 1872. Anticipándose a sus indignos sucesores, le cubrieron de calumnias, le acusaron de ser un agente del gobierno ruso; acusaron a sus partidarios de estar en contacto con la policía internacional. Lo de siempre; sólo que entonces identificar la disidencia con la traición era algo relativamente novedoso. Sus discípulos aventajados del siglo XX, una vez llegados al poder, refinaron la técnica.
Pero los socialistas autoritarios no estaban dispuestos a esperar a su llegada al poder para mostrar su superioridad sobre las masas: éstas debían echarse a la calle o quedarse en casa siguiendo sus consignas. La Comuna de París, en palabras de Bakunin, mostró el camino opuesto: «Contrariamente a ese pensamiento de los comunistas autoritarios —en mi opinión completamente erróneo— de que una revolución social puede ser decretada y organizada ya sea por una dictadura o por una asamblea constituyente salida de una revolución política, nuestros amigos, los socialistas de París, han pensado que no podía ser hecha y llevada a su pleno desarrollo más que por la acción espontánea y continua de las masas, de los grupos y de las asociaciones populares».
Bakunin murió cuatro años después de su expulsión de la Internacional, en una época de reacción, durante la resaca de la represión salvaje contra la Comuna y en los albores del socialismo político que tan lamentables consecuencias iba a tener en el cercano siglo XX. Se encontraba en la pobreza y la enfermedad le mantuvo apartado durante sus últimos dos años de vida de la actividad revolucionaria. Franz Mehring, un marxista honrado y no sectario, dejó escritas estas palabras en 1918: «Bakunin murió en Berna el 1 de julio de 1876. Había merecido una muerte mejor y un recuerdo más leal que el que le guardan, si no todos, al menos muchos sectores de esa clase obrera por la que tanto luchó y tan duramente sufrió. A pesar de todas sus faltas y debilidades, la historia le reservará un puesto de honor entre los precursores y defensores del proletariado internacional; poco importa que le discutan ese puesto los mediocres mientras los haya en el mundo».