martes, 13 de septiembre de 2016

Aute

Luis Eduardo Aute cumple hoy 73 años. Felicidades, maestro. Por desgracia Aute sufrió un infarto hace algo más de un mes y se encuentra en la UCI del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Ojalá se recupere pronto; la poesía debe continuar.
Aute, con las desaparecidas Vainica Doble y pocos más, es uno de los escasos músicos de ésos que se llaman “cantautores” que siempre han gozado del respeto y la estima de rockeros, punkies, heavies y demás; de todos los que disfrutan de la música salida de las tripas y no del intelecto, y que por tanto rechazan las homilías con mensaje impersonal entonadas por esos cantautores casi siempre al servicio de causas ajenas a sus tripas. Aute se escapa de esa clasificación. Pocos cantantes son más viscerales que él. Incluso cuando ha hecho canciones para causas digamos que generales (por ejemplo, Al alba), lo ha hecho desde la subjetividad más absoluta, sin componer al dictado de ninguna ideología y menos aún de ninguna consigna.
Escuché a Aute en directo por primera vez en circunstancias amargas como la muerte pero dulces como la juventud. Fue cuando tocó junto a Suburbano en el pabellón de Agricultura de la Casa de Campo la noche gélida del 20 de diciembre de 1979, con el invierno a la vuelta de la esquina. Esa actuación en la Casa de Campo fue una contribución desinteresada a un acto en homenaje a dos estudiantes asesinados por la Policía una semana antes, el 13 de diciembre del 79. Emilio Martínez Menéndez y José Luis Montañés Gil, universitarios de 20 y 23 años, habían sido tiroteados en una manifestación contra las leyes educativas de UCD junto a la glorieta de Embajadores de Madrid. La Policía de Suárez les quitó la vida alegremente. El país vivía la movilización estudiantil más masiva y dramática de su historia. Los partidos institucionales la despreciaron o la rechazaron.
La Coordinadora de Enseñanza Media y Universidad, que encauzaba la lucha, les pidió a varios cantantes y artistas su colaboración en el acto de la Casa de Campo. Se trataba de homenajear a los compañeros muertos y recaudar fondos para sacar a los detenidos y encarcelados. Lamentablemente, los artistas que militaban en la progresía oficial o giraban a su alrededor pasaron. Las Juventudes Comunistas habían acusado al movimiento estudiantil de ser “fascistizante” por salir a la calle y no depositar su confianza en la instituciones democráticas tan queridas y aprovechadas por su partido. Mes y medio después, los fascistas secuestraron y asesinaron a Yolanda González, de 19 años, miembro de la Coordinadora de estudiantes de Madrid (ver este enlace). Las prima donnas del cancionero progre ni siquiera contestaron a la solicitud que les hizo la Coordinadora para que participaran en el acto del 20 de diciembre. Aute sí. Contestó, dijo que allí estaría, y allí estuvo. Con la gran Lola Gaos, con otros grupos menos consagrados y algún poeta que lamento no recordar. Ha pasado mucho tiempo, mucha agua bajo el puente y mucha sangre por el congelador.
Junto a Suburbano, en aquel acto Aute tocó Al alba, su canción dedicada a los últimos fusilados por la dictadura de Franco. Desde el escenario lo explicó: “Igual que entonces, hoy se sigue fusilando, en las manifestaciones”. El pabellón era diáfano, destartalado, y estaba en un extremo oscuro y aislado de Madrid. Los estudiantes lo abarrotábamos. Aute, que pocos días antes había actuado allí en el Congreso de la CNT, desplegó todo su instrumental, todo su aparato de iluminación y de sonido, como si estuviera cantando en el Olympia por ejemplo. Personalmente, íntimamente, siempre se lo agradecí.
Al cabo de un año, a fines de 1980, volví a escucharle en mejores circunstancias. Fue en un local de Moratalaz con un aforo no demasiado grande, como el de un salón de actos. Anda, Albanta, Anda suelto Satanás, De paso, Al alba, los cantó, esta vez creo que en solitario. Se apoyaba en un taburete con la guitarra en el regazo, y de vez en cuando, entre canción y canción, tomaba un trago de una copita sospechosa que tenía al alcance de la mano. El recuerdo es tan intenso que quema, así que pasaré por él como sobre ascuas. Aute estaba cantando para mí y por encima de todas las cosas para acompañar la respiración de mi amor en la butaca de al lado, que lo llenaba todo. Todo: cada palabra, cada susurro y cada trago.
Mucho después lo vi en la presentación de un libro sobre Leonard Cohen del que es coautor, en la librería Rafael Alberti de Madrid. Fue hace cinco años, en 2011. Aute estaba en la mesa junto a Martirio y alguna otra persona que hacía de presentadora. Cantó a capela La belleza sin que nadie tuviera que insistirle, y dejó a la pequeña y apretada audiencia estremecida. Yo había acudido porque estaba en plena escritura de una novela en la que se narran los hechos del 13 de diciembre de 1979 y quería hacerle un par de preguntas sobre su actuación de la Casa de Campo. No tenía demasiadas esperanzas de que recordara algo tan remoto. Esperé a que terminara el acto. Muchos asistentes se le acercaron para que les firmara el libro, en el que se publica un artículo suyo sobre Cohen junto a otros artículos de varios artistas españoles. Cuando pareció quedar libre y me acerqué, creyó que llegaba mi turno y me pidió mi ejemplar para firmarlo. Le dije que no había comprado el libro (le expliqué que estaba en paro) y que había ido allí para preguntarle sobre el acto del 20 de diciembre del 79. Lo primero que hizo fue regalarme su ejemplar y dedicármelo. Traté de impedirlo cortésmente, pero en un momento me lo dio. Se lo agradecí y le pregunté sobre lo que me había llevado allí. Mientras subíamos las escaleras hacia la puerta de la calle, recordó aquel 20 de diciembre perfectamente. Sobre todo se acordaba del “frío del carajo que pasamos”. Aquella impresión personal tardía que tuve de Aute, apenas unos minutos, coincidió en todo con la que ya había sacado de él subido a los escenarios: su calidad humana. Aute es el tipo de artista, quizá único, que no representa un papel frente a la multitud, que no toca los resortes que la hacen saltar para lucirse. Aute no da espectáculo, sólo da música y poesía, sólo para ti.
Hace menos de un año volví a verlo de lejos cuando apareció brevemente en un acto que conmemoraba el 40.º aniversario de los últimos fusilamientos del franquismo, en Madrid. Naturalmente, cantó Al alba, esta vez sin acompañamiento instrumental.
Espero que salgas pronto de ésta, maestro; de esta trampa del Hospital Gregorio Marañón. Por cierto, que ése es el antiguo “Hospital Francisco Franco”, donde entraron los cadáveres de los estudiantes fusilados por la democracia realmente existente aquella noche del 13 de diciembre de 1979. Hay que salir de ahí rápidamente, ya. Hay que superar este bache para seguir cantando y contando al «ser humano, ese desahuciado de todas las Historias, partisano escéptico en la inútil pugna entre el deseo de Supervivencia y la Fatalidad de los Hechos», como dices en tu artículo del libro sobre Cohen. Recuerda que, en el mismo artículo, dejas una puerta entornada: «No hay más futuro que la cansada pero todavía encendida pavesa del amor, ese refugio último de los hermosos perdedores de todas las guerras».
Ya sabes: Anda, Al alba, Albanta, Anda suelto Satanás, La belleza, De paso. Y, sobre todo, Pasaba por aquí. Ya llevas 73 años pasando por aquí, y así debe seguir siendo. Todos pasábamos por aquí.