martes, 13 de diciembre de 2016

Emilio Martínez Menéndez y José Luis Montañés Gil: 37 años sin aprender la lección


Han pasado 37 años; quizá pasarán 37 años más hasta que nuestros pies dejen de arrastrarse sobre la tierra. Pero, entre tanto, no hemos olvidado ni olvidaremos aquel 13 de diciembre de 1979, aquella condensación de todo lo que el ser humano tiene de sublime y de miserable, de todo lo que su cerebro y sus nervios tienen de frágil y de automatizado. El 13 de diciembre de 1979 en la glorieta de Embajadores de Madrid la Policía asesinó en una manifestación a dos estudiantes: Emilio Martínez Menéndez, de 20 años, y José Luis Montañés Gil, de 23. Cayeron bajo las balas, entre el asfalto, la mentira y la oscuridad; poco después de las nueve de la noche, la hora mágica en la que los maderos ya iban lo suficientemente cargados en la época y sus lecheras se convertían en calabazas. Sólo lo recordamos los que nos olvidamos de recitar la lección hace años, los que no hemos aprendido nada. El presidente del Gobierno era Adolfo Suárez, condecorado por Franco con la Orden Imperial del Yugo y las Flechas. El ministro del Interior era Antonio Ibáñez Freire, condecorado por Hitler con la Cruz de Hierro. El gobernador civil de Madrid era Juan José Rosón, cuyo despacho siempre estuvo presidido por un retrato del caudillo de sus negras entrañas.
No encontraréis información en google ni en la wikipedia ni en la encyclopaedia britannica; en ninguna parte. Hay cosas —la mayoría de las cosas— que se callan y así se acallan. El 13 de diciembre de 1979 el movimiento estudiantil llevaba escasas semanas de lucha contra las leyes educativas del Gobierno de UCD. Ningún partido de la izquierda parlamentaria dio ni ofreció apoyo alguno a esa lucha, quizá por eso acabó siendo la movilización estudiantil más masiva, prolongada y dramática que jamás se ha visto en este país. El 6 de diciembre se habían producido manifestaciones en torno a Cibeles y la represión había sido salvaje. El PCE y sus apéndices se opusieron, como siempre, a las acciones al margen de las instituciones. Como siempre acusaron a los estudiantes de dar excusas a la reacción fascista con su actitud combativa. El PCE tenía razón: luchar contra el enemigo da excusas al enemigo. Por ejemplo, la lucha de los estudiantes al margen de los partidos le dio excusas al PCE para difamarlos.
El 13 de diciembre, los estudiantes se manifestaron mañana, tarde y noche. Por la noche, los saltos en Princesa y Cuatro Caminos fueron disueltos por las cargas de los antidisturbios y algunos cientos de estudiantes se reagruparon en dirección a Embajadores, donde concluía una manifestación —ésta legal— del PCE-CCOO y otros sindicatos encabezada por Carrillo, Camacho y Tamames a cuenta del Estatuto de los Trabajadores. El servicio de orden del PCE-CCOO rechazó a empujones a los estudiantes que pretendían unirse a la manifestación sindical para protegerse de las cargas de la Policía. Las pancartas rojas y las banderas con la hoz y el martillo habían confundido a los chavales.
La Policía disparó, no sólo botes de humo y balas de goma, sino fuego real. A pie de calle, antidisturbios desde los jeeps y las furgonetas, y de arriba a abajo, francotiradores desde azoteas y tejados. Muchos heridos y los compañeros muertos tenían impactos de bala con trayectoria descendente.
Emilio Martínez y José Luis Montañés cayeron uno junto al otro frente a un bar que había sido inaugurado hacía poco, ese mismo año, entre los números 6 y 8 de la Ronda de Valencia. José Luis Montañés murió en el acto; una de las balas le atravesó el cuello en diagonal. A Emilio Martínez le mató un balazo en el pecho. Sus compañeros los llevaron en taxis al Hospital Provincial Francisco Franco. Allí José Luis ingresó cadáver y Emilio murió en el quirófano.
Muchos estudiantes fueron heridos por las balas policiacas: Luis Sáenz Robles, Esteban Montero, María Patricia McNaurty, entre otros.
Esa misma noche, después de la abundante cacería, empezó a hilvanarse la sarta de mentiras previa al atropello y al olvido. Borrar rastros y crear pistas falsas fue el postre de ese banquete macabro. Suárez dijo que la Policía no había disparado. Al mismo tiempo seis antidisturbios declaraban haber hecho más de veinte disparos de ráfaga de subfusil. Seguramente los polis no comprendían que eso tuviera nada de malo. Los medios de comunicación, por ejemplo El País, hablaron de un jeep policial que habría sido rodeado por una masa de radicales que lo apedrearon; según la versión oficial, los ocupantes del jeep se habían visto obligados a repeler la agresión con sus armas reglamentarias.
El problema es que era mentira. Emilio Martínez y José Luis Montañés cayeron a más de 25 metros de ese jeep. Ninguno de los heridos de bala lo fue a menos de 50 metros del vehículo. De hecho, después de disparar a la altura de las cabezas contra un bus aparcado, los antidisturbios celebraron lo bien que se les estaba dando noche metiendo sus dedos en los agujeros que los balazos habían troquelado en el bus, riéndose a carcajadas y chapoteando con sus botas en los charcos de sangre dejados por los estudiantes muertos. Nadie puede negarle al vencedor un respiro, una celebración ebria de su triunfo. Pero enseguida marcharon a los centros sanitarios para apoderarse de las balas extraídas a los heridos. Quién sabe en qué manos podían caer.
El jeep con los policías “agredidos” emprendió un largo viaje. En teoría iban a hacer un recorrido de dos kilómetros, desde Embajadores hasta la Casa de Socorro de Latina. Pero tardaron tres horas en hacer ese trayecto. Alegaron “problemas de tráfico”. En realidad pasaron por la Casa de Campo, junto al río Manzanares. Cuando llegaron a la Casa de Socorro para fabricar sus partes de lesiones presentaron una enorme cantidad de piedras que los manifestantes habrían arrojado contra ellos. Eran piedras de río.
TVE empezó el menú del día negando que Emilio Martínez y José Luis Montañés fueran estudiantes. Cuando se comprobó que TVE mentía, pasó a insinuar: José Luis Montañés llevaba una mochila con 70.000 pesetas. Una información muy sugerente: Ese dinero ¿sería para armas, para envenenar depósitos de agua, quizá para libros? Quedaba la duda de si esa pequeña fortuna procedía de la URSS, de ETA o de Jomeini. Resultó que José Luis trabajaba en una agencia de viajes como cobrador y que esas 70.000 pesetas eran la recaudación del día. TVE, por desgracia, olvidó informar de ese pequeño detalle.
Diarios como Ya y ABC hablaron de una “enorme piedra” arrojada contra el jeep. Nunca se vio ni siquiera una foto de esa piedra fabulosa. Los políticos democráticos hablaron de un plan de “guerrilla urbana”. Provistos de pedruscos dignos de catapultas, con 70.000 pesetas en el bolsillo y tanta planificación, los guerrilleros urbanos debían de ser muy torpes para dejarse cazar como perdices. El Final Feliz de la Transición, como todos los finales felices, ha devorado a las perdices, las ha triturado hasta los huesos.
Emilio Martínez y José Luis Montañés no pertenecían a ningún partido, así que no tienen placas, ni recuerdos, ni perros que les ladren. Los enterraron el 15 de diciembre en un ambiente de “normalidad” según ABC. Lo único que distingue sus muertes de tantas otras similares es que, por primera y única vez en la Transición, se tomó declaración a los policías que dispararon, aunque finalmente el caso se archivó. Esos policías habían cumplido con su deber.
Así empezó la lucha en las facultades y los centros de estudios de aquel curso 79-80. Acabaría un mes y medio más tarde con otro asesinato, el de Yolanda González, de 19 años, miembro de la Coordinadora de Estudiantes de Madrid por el centro de Formación Profesional de Vallecas. Yolanda fue secuestrada y asesinada de dos tiros en la sien por el militante de Fuerza Nueva Emilio Hellín, colaborador del ministerio del Interior, con la implicación de varios guardias civiles y policías nacionales.
El ministro de Educación y Ciencia era José Manuel Otero Novas, democristiano. El ministro de Universidades era Luis González Seara, socialdemócrata. El 14 de diciembre de 1979, Felipe González pidió desde la tribuna del Parlamento que se dotara a la Policía de más medios y material antidisturbios.
El 20 de diciembre de 1979, una semana después de los asesinatos de Emilio y José Luis, la Coordinadora de Universidad y la de Enseñanza Media y Formación Profesional de Madrid organizaron un acto homenaje en el Pabellón de Agricultura de la Casa de Campo. Muchos estudiantes seguían detenidos y presos. El grito más coreado por los jóvenes apiñados allí dentro fue el de “Policía asesina”; no dejaba de repetirse. Participaron pocos músicos célebres: Aute y Suburbano. Lola Gaos recitó algún poema. Poco más. Seguramente el PCE les había dado a sus disciplinados cantamañanas la consigna de no participar en semejante “provocación”. Provocación: su palabra favorita. Para el PCE hasta respirar era una provocación. Habían empezado a acostumbrarse muy jóvenes a vivir sin respirar. Cuatro años antes, en el verano de 1975, la responsable del grupo de abogados del PCE, Manuela Carmena, les había trasladado a sus camaradas con toga la consigna de no participar en la defensa de los procesados en los juicios sumarísimos que acabaron con cinco jóvenes antifranquistas fusilados el 27 de septiembre de ese año.
Ningún policía fue condenado por ninguno de los asesinatos de la Transición. A ninguna víctima del terror policiaco y fascista de aquellos maravillosos años se la reconoce oficialmente como víctima del terrorismo.
Entre las víctimas de la represión también hay clases. La mayoría de los asesinados bajo las balas, los golpes y la tortura, en la calle, en las comisarías y en los calabozos, no tienen quien les recuerde al margen de sus allegados. Ésa es una gran ventaja y un gran honor. Los recuerdos prêt-à-porter con placa, cinta, bandera y banda sólo falsean las cosas y las echan a perder. Basta dejarse caer por Antón Martín para darse cuenta.
Entre los números 6 y 8 de la Ronda de Valencia ahora ya no está aquel bar junto al que se desangraron Emilio y José Luis. Cerró. Ahora hay una floristería pegada a algo como un gimnasio, cerca de una tienda de electrónica. Al otro lado de la calzada sigue discurriendo la calle Bernardino Obregón, donde fue herida de bala Patricia McNaurty. La única placa que allí se ve es la dedicada por “el pueblo de Madrid” al tal Bernardino Obregón, un fraile de hace siglos o algo así. Un tipo que seguramente murió de viejo, en la cama. En gracia de Dios, sin duda.

[No dejéis de leer el magnífico libro de Alfredo Grimaldos La sombra de Franco en la Transición. Ni de ver este video con una entrevista estremecedora a Grimaldos.]