martes, 21 de febrero de 2017

Los malos


Cada equis tiempo sale un malo. Un malo universal, que concentra la enemiga de todos. Unos malos son coyunturales; otros llegaron para quedarse. Malos universales locales, malos universales globales, malos perdonables o imperdonables, discutibles o indiscutibles, defendibles o indefendibles. Malos.
Desde que recuerdo, han pasado muchos malos bajo el puente. Hitler es el gran malo. No lo hay peor. Todos los demás eran unos santos como todo el mundo sabe: Churchill, De Gaulle, Roosevelt, hasta Stalin, aunque éste más tarde ha pasado a ser un poco malito. Pero ningún poeta cantó nunca odas a Hitler, al menos como las que Neruda, Alberti, Miguel Hernández o Nicolás Guillén le cantaron a Stalin. La lírica engomina el bigote del malo.
Luego ha habido malos más de andar por casa. Bin Laden, Pinochet, Pol Pot … Los hay aún más locales y pasajeros, diosecillos caídos recurrentes: Arzalluz lo fue durante un tiempo, Carod-Rovira otro poco. Mario Conde tuvo su momento. Hasta Juan Carlos un tanto de refilón. Ahora la infanta Cristina o Urdangarín, o Rato. Todos ellos se comen los marrones propios y ajenos y se convierten en blancos del despotrique sin grandes consecuencias.
Todos son espantajos. Cuando el político, el periodista o el economista de orden grita contra el malo, en realidad no está gritando contra el malo: está gritando lo bueno que es él. Claro que los malos universales son criminales, personajes perniciosos, escoria. El problema es que se cargan en sus cuentas sus propios crímenes y, de paso, los ajenos. Son doblemente cornudos: grandes cabrones per se y, al mismo tiempo, chivos expiatorios de criminales que cuelan. Todos los criminales inadvertidos pasan por no serlo precisamente porque vacían sus desechos en los vertederos de esos malos universales. Pensad en cualquier político o financiero, en cualquier poderoso. En Obama. En Chávez. En Rajoy. En el papa. En el Dalai Lama. En cualquiera. ¿También en … ? Sí: también en ése. Todos ellos están de mierda y de sangre hasta arriba, pero escurren el bulto, más o menos, gracias a sus benditos malos.
El malo que se lleva esta temporada es Trump. Un grandísimo cabrón, qué duda cabe, solo que eso del mal, ya que usamos el término, está más repartido de lo que cuentan en la tele. Pero nada, tranquilos, nos dicen, se ha localizado el origen de todos los males, está bajo el tupé estrafalario de este sujeto con cara de bestia parda y cuerpo de armatoste contrahecho. Donald Trump. Grosero y feo. Porque ésa es otra: el malo debe ser feo. O si no feo-feo, como mínimo debe tener cara antipática, con rictus desagradable. Y si no la tiene, la mirada universal se la pone, no hay problema.
También hay malos universales en la historia antigua: Nerón, Calígula, Torquemada y así. De modo que, por ejemplo, Felipe II sería en comparación un tipo pasable, pese a que castigaba la blasfemia contra Dios, su Bendita Madre o sus Santos con la amputación de la lengua del blasfemo y cien azotes contra sus pecadores lomos. Eso en Madrid. En las Indias no te cuento.
Los malos universales y los otros, es decir, los poderosos en general, pisotean, despojan y masacran porque la masa de la población los soporta. Los apoya o, peor aún, los tolera. Sufrir una enfermedad es perjudicial; no combatirla es estúpido. Toda esta canalla, de Hitler a Trump, todos los traficantes y depredadores de carne humana, fueron tan apoyados o tan tolerados por la población como cualquier otro ejemplo de malo-malito-malote-pché-también-hizo-cosas-buenas que se nos ocurra. Stirner lo dijo así hace más de 170 años:
«Sólo a los ojos de los ‘buenos’ es ‘malo’ un Nerón; a mis ojos no es otra cosa que un poseso (…). Estos romanos dóciles que abdican de todo ejercicio de la voluntad ante un tirano semejante, ¿acaso valen algo más que él?».
No. Los romanos no valemos más, al menos mientras nos conformemos con lloriquear; al menos mientras no nos cansemos de decir constantemente lo intolerable que es todo aquello que toleramos.