lunes, 1 de mayo de 2017

No violencia: el evangelio según los eunucos


El otro día nos convocaron a un numeroso grupo de paisanos en la plaza de Castilla, Madrid, a las cinco de la tarde, para llevarnos en autocar a los estudios de un programa de televisión y hacer de público. Habíamos solicitado la cosa a través de una agencia que se dedica a este tráfico. Se trata de pasar prácticamente doce horas de tedio, masificación y embrutecimiento a cambio de doce euros, un bocata, una cocacola y algo de agua embotellada. La necesidad, que es muy mala. A las cinco, a las cinco y cinco, a las cinco y diez por allí no aparecía ningún autocar. Señoras con camisetas de tirantes, hombres gruesos, jóvenes con mochila, tipos bigotudos con su único traje y su única corbata puestos, muchachas, calvos, forzudos, resignados, adormilados, esperábamos a las cinco y cuarto. Un tipo con cara de cera revenida que no miraba a nadie era el “coordinador” de nuestro pequeño y triste grupito. Alguien me lo señaló cuando pregunté. Me dirigí a él: “Hola. ¿Sabes cuándo va a llegar el autocar?”. Increíblemente tuvo a bien contestarme: “Pronto”, respondió seco a falta de una palabra más corta. Naturalmente no me miró. Estaba instalado en la altura del cuello de su camisa, allá arriba, donde habita la gente satisfecha.